Cuando Estados Unidos establece una sobretasa de 12,5%
Por Luis Chadwick Vergara, presidente de empresas San Clemente.
Cuando Estados Unidos establece una sobretasa de 12,5% a las exportaciones chilenas de frutas y vegetales, ya no estamos frente a un ajuste marginal, sino ante una amenaza concreta para la competitividad de la fruticultura nacional.
Un costo de esta magnitud puede consumir por completo la rentabilidad de una temporada y sus efectos pueden extenderse mucho más allá de productores y exportadores, comprometiendo empleo regional, inversión y una extensa cadena productiva.
La respuesta debe llegar antes de que la pérdida de competitividad alcance una dimensión difícil de recuperar.

Para una actividad cuyos niveles de rentabilidad se sitúan habitualmente entre 6% y 8%, un gravamen de esta magnitud puede absorber completamente la utilidad de una temporada. Y, a diferencia de otros sectores, en la agricultura buena parte de los costos se asume mucho antes de que la fruta llegue al mercado: mano de obra, riego, energía, fertilizantes, tecnología, embalaje, frío, transporte y financiamiento.
En un mercado internacional competitivo, puede significar perder demanda frente a otros países proveedores. El productor queda así ante una disyuntiva difícil, absorber el impacto y reducir sus márgenes o trasladarlo al mercado y arriesgar competitividad.
Las consecuencias se proyectan también sobre la inversión. Menores márgenes reducen la liquidez, aumentan la presión financiera y limitan los recursos disponibles para productividad, tecnología, renovación y nuevas temporadas.

Fotografía de archivo | San Clemente.
Pero el efecto no termina en los balances. Detrás de cada caja exportada existe una cadena que involucra a trabajadores, productores, transportistas, plantas de embalaje, frigoríficos, proveedores y servicios. Por eso, proteger la competitividad de la fruticultura es también resguardar empleo regional, inversión y desarrollo territorial.
La respuesta requiere una mirada de largo plazo, fortalecer la posición comercial de Chile, ampliar los mercados de destino y generar condiciones financieras que permitan a la fruticultura enfrentar este escenario sin detener su desarrollo.
La discusión, sin embargo, no es solo cuánto cuesta exportar una caja más. Es cuánto estamos dispuestos a arriesgar de una industria que genera empleo, inversión y desarrollo en los territorios.
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