Agricultura de riego en Chile
Escrito por José Miguel Morán, Director Ejecutivo de AGRYD.
En el reciente encuentro empresarial de ICARE, el Presidente electo José Antonio Kast abordó los principales ejes de la agenda país que marcarán el inicio de su próximo gobierno. Más allá de esas definiciones generales, hubo varios puntos que vale la pena destacar.
Un momento del discurso resultó particularmente elocuente. Al dirigirse a Antonio Walker, con un tono directo y cercano, comentó que los 20 liceos técnicos de primer nivel que hoy administra la Sociedad Nacional de Agricultura no debían quedarse en veinte: “tiene que tener cuarenta, tal vez sesenta”.
Fue un reconocimiento sencillo, dicho casi al pasar, pero muy significativo. No solo valoraba una labor concreta y sostenida en el tiempo, sino que ponía en el centro algo que a menudo queda relegado en el debate público: la formación de jóvenes en comunas rurales como base real del desarrollo productivo y territorial.
Desde AGRYD, esa observación nos resonó de inmediato. No por una afinidad discursiva, sino porque toca una dimensión muy cercana a la agricultura de riego. Tenemos la convicción de que los procesos productivos sólidos se construyen con personas formadas, con capacidades locales y con decisiones que se piensan en largo plazo.
Vale mencionar que la agricultura de riego no elimina empleo; lo transforma. Genera demanda por operadores, técnicos, mantención y gestión. Eso es empleo rural más calificado, más estable y con proyección.

Riego por goteo
A partir de ahí, varios de los diagnósticos planteados en el discurso dialogan de manera bastante directa con lo que venimos observando hace años en terreno. No desde una lógica política, sino desde la experiencia cotidiana.
Kast planteó que si no hay inversión, no mejora la calidad de vida. Pero el sector agrícola es uno donde las inversiones no se miden en ciclos cortos, sino en años, a veces décadas. Por lo mismo, es clave la estabilidad política y regulatoria. Las inversiones en riego son intensivas en capital, de largo plazo y, muchas veces, irreversibles. Cuando las reglas se vuelven inciertas, confusas o excesivamente administrativas, la inversión se posterga o simplemente no ocurre.
En los últimos años hemos visto cómo la aplicación de la Ley de Riego ha ido incorporando criterios que generan incertidumbre jurídica y operativa, afectando precisamente el momento más delicado: la decisión de invertir, de poner en riego una nueva superficie o de modernizar un sistema existente. No se trata de falta de recursos, sino de señales poco claras y de diseños que pierden foco productivo.
Los enfoques asistenciales, aun bien intencionados, terminan debilitando la capacidad productiva. La Ley 18.450 nació como un instrumento de fomento a la inversión en agricultura de riego. Con el tiempo, y por distintas razones, fue derivando hacia un esquema cada vez más concentrado en obras pequeñas, de bajo impacto productivo.
El problema no es apoyar a la pequeña agricultura, que sin duda lo necesita. El problema aparece cuando se pierde el equilibrio y se reduce el espacio para proyectos que generan productividad, validación tecnológica, empleo técnico y desarrollo territorial. En ese punto, el instrumento comienza a alejarse de su propósito original.
Invertir en agricultura de riego no es un subsidio. Es una política activa de empleo, productividad y cohesión territorial, que muchas veces queda diluida en debates más ideologizados.
Otro aspecto que conecta de manera natural es el énfasis que hizo Kast en modernización, tecnología y eficiencia. Si bien lo mencionó en el contexto de la administración pública, en agricultura de riego hablar de eficiencia hídrica, tecnificación o gestión inteligente del agua no es una consigna ni una moda. Es, simplemente, la única forma viable de seguir produciendo en un escenario de escasez hídrica y cambio climático.
La tecnología aplicada al riego ya existe y está disponible: sensores, automatización, telemetría, datos. Lo que muchas veces falta es un entorno público que la comprenda, la promueva y no la complique innecesariamente.
Finalmente, hay un elemento mencionado en el discurso que sentimos especialmente cercano: la necesidad de tomar decisiones públicas con conocimiento real del territorio. La agricultura de riego es diversa por definición. Cada cuenca, cada zona y cada sistema productivo es distinto. Las soluciones estándar y los criterios rígidos, desconectados del terreno, suelen generar más problemas que soluciones.
Por eso nos parece pertinente poner estas coincidencias sobre la mesa. No para cerrar una discusión ni para imponer una mirada, sino para mostrar que existen espacios donde el diagnóstico converge y donde la colaboración técnica puede ser más útil que el debate retórico.



