Exportar fruta en 2026: cuando la logística deja de ser soporte y se transforma en estrategia
Por Rafael Guarda Martínez, abogado-consultor, RG Consultant.
En la exportación de fruta fresca hay una regla silenciosa que nunca falla: la fruta empieza a perder valor desde el primer minuto en que sale del huerto. No importa cuán buena haya sido la temporada, cuán sólido el programa comercial o cuán atractivo el mercado de destino. Si la logística falla, todo lo anterior se vuelve irrelevante. En 2026, esta realidad ya no es una advertencia técnica, es una condición estructural del negocio.
Durante años, la logística fue tratada como un área operativa, casi administrativa, que comenzaba cuando la fruta ya estaba embalada y terminaba cuando el contenedor cruzaba el puerto. Hoy esa visión quedó obsoleta. La logística es el nuevo campo de batalla de la industria frutícola, y quienes no lo entiendan a tiempo pagarán el costo en forma de reclamos, descuentos, pérdida de clientes y erosión de reputación comercial.
La fruta no viaja en un entorno neutro. Viaja sometida a variaciones térmicas, tiempos de tránsito extendidos, congestión portuaria, cambios de ruta, transbordos inesperados y decisiones operativas que rara vez consideran la fisiología del producto. Cada hora adicional, cada grado fuera de rango y cada detención no planificada impacta directamente en la vida poscosecha. Y lo más crítico: muchas de esas variables no son inevitables, son gestionables.
Uno de los grandes errores culturales del sector ha sido normalizar el problema. Aceptar que los atrasos “son parte de la industria”, que los desvíos “pasan todos los años” o que los reclamos “son inevitables”. Esa resignación operativa es, en sí misma, un riesgo logístico. Cuando el retraso se vuelve costumbre, deja de ser un incidente y pasa a ser una falla estructural del modelo.
Las navieras, por su parte, han perfeccionado un discurso técnico-comercial que promete especialización en carga perecible, control de temperatura, monitoreo y soluciones avanzadas. Sin embargo, cuando ocurre un daño, el relato cambia. El problema pasa a ser la estiba, la condición de la fruta, el origen, el packing o el recibidor. Rara vez se analiza con profundidad si los tiempos de tránsito fueron razonables o si la gestión interna del servicio estuvo alineada con la naturaleza perecible de la carga.
Desde una perspectiva legal y operativa, esto es relevante. El transporte de fruta fresca no es un transporte estándar. Exige un deber de cuidado reforzado, porque el transportista conoce desde el primer momento la sensibilidad del producto. Aceptar una carga perecible implica asumir la obligación de tratarla como tal, no solo en el discurso comercial, sino en la ejecución real del servicio.
Las estadísticas de las últimas temporadas son claras. Aumentan los arribos fuera de ventana comercial, se repiten informes de destino con pérdida de firmeza, deshidratación, maduración acelerada o daños fisiológicos, y los reclamos, aun cuando prosperan parcialmente, rara vez compensan el daño total. El problema no es solo económico; es estratégico. El daño comercial, la pérdida de confianza del comprador y la afectación de la marca no se indemnizan.
Por eso, el foco se ha desplazado desde la reacción hacia la prevención. Las exportadoras más avanzadas ya no se preguntan cómo reclamar mejor, sino cómo evitar que el reclamo exista. Analizan historiales de tránsito, comparan cumplimiento real versus publicado, monitorean temperatura en tiempo real, exigen reportabilidad y documentan cada desviación relevante. No porque desconfíen, sino porque entienden que el dato es la única herramienta que permite gestionar riesgo con criterio técnico.
La logística moderna exige un conocimiento profundo del comportamiento de la fruta en tránsito. Conceptos como ventilación, defrost, curvas térmicas, activación oportuna de atmósfera controlada, niveles de O₂ y tiempos reales de viaje dejaron de ser temas exclusivos de especialistas. Hoy forman parte de la toma de decisiones comerciales. No basta con producir fruta de calidad; hay que entender cómo esa fruta se comporta cuando enfrenta viajes más largos, rutas indirectas o escenarios operativos complejos.
El rol del recibidor también ha ganado protagonismo. Un contenedor que llega dentro de parámetros puede perder condición si no se retira oportunamente o si no existe coordinación en destino. La logística no termina en el puerto; termina cuando la fruta llega al punto de venta en condiciones aptas para cumplir su función comercial. La falta de integración entre origen, tránsito y destino es otra fuente silenciosa de pérdida.
Mirando hacia 2026, el escenario no será más simple. Persisten tensiones geopolíticas, ajustes de rutas, presión sobre costos, disponibilidad limitada de equipos reefer y una creciente competencia por servicios confiables. En este contexto, seguir operando con la lógica de hace una década es una apuesta peligrosa. La logística ya no es un costo a minimizar, es una variable estratégica que define competitividad.
En definitiva, exportar fruta en 2026 implica aceptar una verdad incómoda pero necesaria: la logística es el nuevo campo de batalla. Y como en todo campo de batalla, no gana el que improvisa, sino el que se prepara, mide y actúa antes de que el daño ocurra.



