Columna de opinión: Análisis de la industria chilena de cerezas con una mirada argentina. Por Adolfo Storni

09 Mayo 2019

Por Adolfo Storni, presidente de Cerezas Argentinas.

Hace un par de semanas participé en Chile del Global Cherry Summit, un evento que se está posicionando como uno de los más importantes del mundo en el negocio de las cerezas, donde junto a destacados productores, exportadores, consultores, importadores y retailers de todo el mundo, fui uno de los expositores presentando el trabajo “Avance, estrategia y futuro de las plantaciones de cerezas en Argentina”. Durante el viaje también visitamos productores, empaques y proveedores del sector, que permitieron sacar algunas conclusiones que quisiera compartir.

La industria de la cereza chilena se encuentra viviendo un verdadero boom, producto de las ventas al mercado chino. Hemos estado junto a empresarios frutícolas que han exportado USD 1.200 millones en cerezas frescas (90% a China) generando una ganancia anual como sector de USD 600 millones, que se está reinvirtiendo en gran medida en el negocio: nuevas plantaciones, empaques, tecnología de selección, coberturas, protección contra heladas, viveros, laboratorios, promoción, investigación y desarrollo, entre los más destacados.

Son varios los factores claves del éxito, por lo que quisiera detallar al menos los más importantes.

Los productores han dominado la tecnología del cultivo y cuando les funciona, reinvierten en coberturas contra lluvias, porta injertos adaptados a las distintas condiciones de suelos, pies enanizantes que produzcan plantas de menor altura, marcos de plantación con mayor densidad y conducción que faciliten la precocidad y productividad facilitando la cosecha sin uso de escaleras, raleos de yema, flor y fruta para lograr calibres, sistemas anti heladas sin uso de aspersores, reemplazo de otros cultivos de menor margen (manzanas, carozos, vid), etc.

El Estado Nacional aporta lo suyo con baja inflación, estabilidad en las reglas de juego, impuestos moderados, acuerdos de libre comercio con los principales mercados importadores, devolución del IVA a compras a los exportadores a los 30 días, acceso a financiamiento a tasas internacionales, etc.

A esto debe sumarse las condiciones ambientales y ausencia de algunas plagas como la mosca de la fruta que hacen atractivo el cultivo desde lo productivo, lo que se refleja en un alto volumen de fruta exportada (promedio 12 tn/ha).

Por otra parte, hay un sentimiento de pertenencia a una industria, donde todos trabajan en la misma dirección (calidad, promoción conjunta, institucionalidad dentro de la Asociación de Exportadores de Fruta y el Comité de Cerezas).

Asimismo, existe un manejo de la información. Todo se mide, todo se registra, todo se compara y los datos no se ocultan ni tergiversan. Eso se denomina seriedad.

Existe una cultura de la mejora continua, donde corrigen en forma permanente todo lo que se puede, aunque sea reciente.

También existen señales precisas desde el sector exportador al productor, respecto al calibre, variedades, etc.

Además, existe un foco en la ingeniería de procesos, ya que varias empresas tienen un sector específico en esta área.

Por otra parte, la industria cuenta con un sector de servicios, lo que es un punto clave: asesores técnicos, comercializadores de insumos de campo y empaque buscando continuamente el mejor producto o el que genere la diferencia, instalación de estructura de sostén o coberturas, control de calidad tercerizado, empresas especializadas en capacitación y formación, etc.

Existe una promoción externa importante, los productores de cerezas de Chile tienen un presupuesto de USD  5 millones.

A nivel de industria se cuenta con mejoras en tecnologías de conservación de la fruta, lo que se suma a soluciones en logística para llegar más rápido, como los Cherry Express.

Otro de los elementos donde Chile destaca es que en los últimos cinco años hubo una verdadera carrera para acortar el plazo entre fecha de cosecha y el arribo al mercado destino.

A su vez, resalta la apertura y transparencia del sector, mostrando las buenas prácticas ante propios y extraños.

Por otra parte, se ha simplificado el espectro varietal, buscando plantar menos variedades, yendo a lo seguro (Santina, Lappins y Regina), como contrapartida de lo que pasa en Argentina y otros países productores del mundo.

La calidad es el punto en que más se enfoca la industria, trabajando con indicadores como grados brix de la fruta, materia seca e incentivos a la calidad cosmética y el calibre.

Tecnología de punta en los empaques: Considero que, sin la demanda de los productores chilenos, la tecnología no hubiese avanzado tanto.

La industria se esfuerza en la búsqueda de primicia -que se da a fines de octubre y principios de noviembre. Todos hablan de priorizar tener fruta temprana a costa de más kilos.

La mano de obra empieza a ser un problema donde consigue personal el que paga mejor salario o el que da trabajo por más tiempo (aquí vale el productor que tiene otros cultivos). Hemos visto en los campos muchos haitianos y venezolanos.

A pesar de algunos cuellos de botella, la productividad sigue siendo superior a la argentina.

Una industria viverista, pujante y vigorosa, muchas veces ligada a los mismos productores, que les permite contar con material genético saneado y una variedad de porta injertos para todo tipo de suelos.

Una mirada crítica y el análisis profundo del sistema de cara al futuro aún en momentos de éxito (preocupación por la dependencia de China, la concentración del volumen en pocas semanas, la falta de capacidad de empaque en el futuro, los cuellos de botella logísticos, el transit time de los contenedores, etc.).

Como hecho que llama la atención, la rentabilidad los está llevando a plantar en zonas marginales o de mayor riesgo climático, pagando por tierras optimas en la zona de Curicó hasta USD 70.000/ha o sistematizar áreas montañosas para cultivar en terrazas que permitan plantar cerezos.

Todos estos factores han creado un clúster de productores y proveedores de servicios con sede en Curicó que ha revolucionado la fruticultura chilena, ya exitosa previamente por la competitividad de otros cultivos, pero potenciada por generar ahora un negocio billonario y muy rentable en sólo 25 años.

Argentina tiene mucho que aprender de esta industria y el ejemplo está dado por la presencia en el Global Cherry Summit de 5 empresas de Mendoza, Neuquén, Rio Negro, Chubut y Santa Cruz que fuimos a estrechar lazos técnicos y comerciales, como también de proveedores y técnicos chilenos que ya se encuentran trabajando en nuestro país.

Argentina tiene miles de hectáreas con aptitud para la producción de cerezas o para reconvertir desde otros cultivos, cultura frutícola, abundancia de agua de excelente calidad y mano de obra.

Solo falta que el Estado contribuya a fomentar la actividad privada con menor carga impositiva, mejorando la calidad de servicios, con mayor acceso a los mercados a través de Acuerdos de Libre Comercio, leyes laborales que faciliten la incorporación de recursos humanos y un costo financiero sustancialmente menor para financiar una plantación que entra en producción recién al cuarto año y que además,  necesita de viveros, galpones de empaque, tecnología de clasificación, infraestructura de enfriado, almacenamiento y logística.

Si las producciones locales estuvieran en suelo chileno, las exportaciones argentinas a China o la Unión Europea tendrían un 20% más de precio para el productor sólo por la ausencia de derechos de exportación y la presencia de Acuerdos de Libre Comercio.

De parte de los productores tenemos mucho para aprender en Chile, comenzando por los centros de investigación (o lo que queda de ellos) para subsanar la brecha de conocimiento, permitiéndonos dar un salto cuantitativo y cualitativo.

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